La Fuerza Inamovible
I. EL FOSO DE SANGRE
El hedor a cerveza barata, sudor rancio y sangre vieja flotaba sobre el claro del bosque como una bofetada.
Un grupo de leñadores y cazadores furtivos de Ethelgard, atraídos por la codicia, habían profanado un claro sagrado en los límites de la espesura para talar madera ilegal y capturar bestias exóticas destinadas a los mercados de la urbe. En el centro del campamento provisional, una fosa circular excavada en la tierra y rodeada por estacas de madera afiladas servía como improvisado coliseo clandestino, un templo de sangre donde la brutalidad y las apuestas eran moneda corriente.
Dal estaba de pie en el centro de aquel foso de lodo.
Descalza. Sin armadura pesada, solo con sus ropas de viaje y su lanza en la mano. A su alrededor, docenas de hombres toscos gritaban insultos y agitaban monedas de plata, mofándose de la supuesta "salvaje" que, creían ellos, había tropezado tontamente con su territorio.
No comprendían lo que tenían enfrente.
Dal era un Alma Renacida, una Samsarana cuya sangre portaba la memoria y sabiduría de cientos de vidas pasadas, cada una de ellas vinculada con el pulso primordial de la naturaleza. Aquellos hombres no eran más que una infección. Ella era el antídoto.
En el extremo opuesto del foso, una tosca compuerta de madera se abrió con un chirrido de cadenas oxidadas.
De entre las sombras emergió el Campeón del Foso: un hombre de proporciones "gigantes" con cicatrices profundas y manos del tamaño de cabezas humanas, armado con una enorme hacha de leñador a dos manos. Su aliento olía a alcohol destilado y a violencia. A su lado, sostenidos por cadenas cortas, llenos de marcas recientes de latigazos, avanzaban dos lobos de bosque desnutridos y aterrorizados.
Con la aguda percepción de sus vidas pasadas, Dal descifró al instante el sufrimiento en los ojos de las bestias. El "gigante" de las cicatrices las había estado torturando, obligándolas a pelear no por instinto, sino por pura desesperación, por el hambre.
—¡A ver cuánto duras, salvaje! ¡Córtenla! —rugió el Campeón, soltando a los animales con un movimiento brutal mientras alzaba su hacha hacia el cielo.
II. LA HEMBRA ALFA
Dal era una contradicción hecha carne.
Su silueta se alzaba majestuosa y pausada en el centro del foso, una figura de estatura imponente que desafiaba toda expectativa de fragilidad. Su cuerpo era esbelto, pero no débil; cada músculo hablaba de una firmeza telúrica innata, de alguien cuyas raíces se hundían más profundo que las del bosque mismo. Avanzaba completamente descalza, sus pies desnudos tocando el barro con una reverencia casi sagrada, porque comprendía que cada paso era un diálogo silencioso con la tierra húmeda que pisaba, una conexión mística que los mortales nunca podrían comprender.
Su piel revelaba su naturaleza planar de Samsarana: pálida, casi translúcida bajo la leve lluvia que empezaba a caer, con sutiles matices fríos que parecían beber la luz del cielo encapotado. Pero lo que verdaderamente te quitaba el aliento eran sus ojos. No tenían pupilas. Solo dos pozos profundos y sin fondo que brillaban con una chispa gélida y analítica, la mirada de una criatura que había vivido, muerto y reencarnado durante ciclos enteros. Sus ojos eran los ojos de alguien que había visto imperios nacer y desmoronarse en polvo, que había caminado bajo soles que ya no existían.
Aquella chica descalza no era una víctima. Era un apocalipsis con forma de mujer.
Dal no se movió de su posición.
No retrocedió. No levantó su lanza en guardia defensiva. Simplemente ignoró la imponente silueta del gigante que avanzaba pesadamente a través del lodo y clavó sus profundos ojos Samsarans en los lobos encadenados.
No usó palabras humanas. Las palabras eran herramientas de los mortales, limitadas y burdas. En su lugar, canalizó un mandato ancestral, un eco de sus vidas pasadas como líder de manada que resonó directamente en el código genético de los animales. Era un lenguaje más antiguo que el fuego, más puro que la sangre.
El influjo místico quebró la sumisión de los lobos al instante.
Dejaron de gruñirle a Dal, sus orejas bajaron en sumisión total y, con un giro repentino cargado de furia acumulada a lo largo de meses, le mostraron los colmillos a su antiguo torturador: Habían reconocido a su verdadera alfa.
Antes de que el Campeón de los cazadores pudiera reaccionar a la traición de sus propias "armas", Dal extendió ambas manos desnudas hacia el cielo lluvioso. El aire sobre la fosa se cargó instantáneamente de electricidad estática.
Con un crujido ensordecedor que atravesó el campamento, un rayo de energía azulada saltó de sus dedos.
El arco eléctrico impactó de lleno en el pecho del Campeón, electrocutando sus músculos y chamuscando el cuero de su armadura. El olor a carne quemada —putrefacta e inmunda— inundó la fosa mientras el "gigante" rugía de un dolor que nunca había experimentado. Su cuerpo convulsionó, sus piernas fallaron.
Pero el relámpago no se detuvo allí.
Saltó del pecho del líder a uno de los cazadores que gritaba apuestas desde la empalizada, un hombre que se había enriquecido con el sufrimiento ajeno. La descarga fue tan devastadora, tan cargada de energía ancestral, que el cazador salió despedido hacia atrás como una marioneta de trapos, inconsciente o muerto antes de tocar el suelo.
El silencio cayó de golpe sobre el campamento. Absoluto. Ensordecedor.
Las risas se extinguieron. Las jarras de cerveza se quedaron a mitad del camino hacia los labios de hombres que ahora temblaban.
III. EL LODO Y LA SANGRE
El Campeón, con el pecho humeante y los ojos inyectados en sangre, jadeo enfurecido. Sacudió la cabeza para aclarar la visión, el vapor subiéndole de la piel quemada.
—¡Maldita bruja! —rugió, avanzando con dificultad a través del foso de barro, sus botas hundiéndose profundamente. Levantó el hacha por encima de su hombro en un movimiento lento pero devastador, aspirando toda su masa en un brutal tajo horizontal destinado a decapitar a la druida de una sola pasada.
Dal se inclinó un milímetro hacia atrás.
El acero cortó la niebla lluviosa a un suspiro de su rostro, fallando por completo. El sonido del aire partido resonó como un lamento. Dal tiene siglos de experiencia utiliza el propio impulso del hachazo, combinado con el terreno inestable del lodo, para solamente enganchar el asta de su lanza detrás de la gruesa bota y hacer un poco de palanca, suficiente para desestabilizar por completo a su atacante, haciéndolo perder el equilibrio.
El humano, de 120 Kg, fue derribado con un movimiento simple. Cayó de bruces contra el lodo con un golpe sordo, escupiendo por igual fango y maldiciones.
En ese instante de vulnerabilidad absoluta, Dal no dudó. Con la velocidad del rayo giró su lanza y hundió la punta de acero profundamente en el hombro expuesto, la gira dentro de la herida, la saca con una fuerza bestial; todos pueden escuchar como se rompen tendones, huesos y el alarido de agonía de su "campeón".
La "salvaje", como adoptando su papel, hace un rugido gutural, que resuena con las voces de vidas pasadas, mientras señala a la presa caída; los lobos se abalanzan sobre ésta de manera implacable.
El primer lobo saltó a su brazo armado, desgarrando el cuero y penetrando el músculo, obligandolo a soltar el arma. Un nuevo grito de dolor surge del humano pero es apagado de golpe cuando el segundo lobo muerde su garganta, con una furia alimentada por meses de maltrato y hambre.
En menos de doce segundos, el gigante del foso, el campeón de los leñadores, el brazo fuerte del campamento yace destrozado, sangrando en el fango, completamente inerte.
La "salvaje" ha derrotado al mejor de estos hombres sin recibir un solo rasguño.
IV. EL ÉXODO DE LOS COBARDES
Los lobos se apartaron del cadaver con los hocicos manchados de rojo, sentándose dócilmente a cada lado de su nueva alfa, esperando la siguiente orden con una devoción que iba más allá de lo animal.
A un simple gesto de Dal, los lobos saltaron la empalizada del foso.
Lo que siguió fue rápido y brutal. El primer lobo derribó a uno de los centinelas más cercanos, mordiéndole el tobillo con una fuerza que lo hizo caer. El segundo lobo se abalanzó sobre su espalda, desgarrándole el hombro con un crujido de hueso y tendón. El cazador quedó inconsciente en el barro antes de poder gritar pidiendo ayuda.
Esa imagen —dos bestias ejecutando órdenes de una druida descalza manchada de sangre— fue suficiente.
La moral de la escoria humana se quiebró como vidrio.
—¡Es un espíritu del bosque! —gritó el líder de los furtivos, dejando caer su ballesta como si quemara—. ¡Huyan! ¡Huyan por sus vidas!
El pánico se contagió como la pólvora mojada. Hombres armados se empujaron unos a otros en una desordenada retirada hacia la espesura, abandonando carruajes, cofres de monedas que brillaban bajo la lluvia, armas y tiendas. El bosque recuperó su silencio sagrado, interrumpido únicamente por el murmullo de la leve lluvia.
V. EL JUICIO DEL BOSQUE
Con pasos pausados, Dal caminó hacia las jaulas de madera astillada y hierro oxidado que contenían algunas bestias capturadas. Osos menores, ciervos de ojos grandes y aterrados, aves exóticas que no tenían nombre en las lenguas mortales.
Sujetando los barrotes con sus dedos delgados pero poseedores de una fuerza telúrica, tiró de la puerta de la primera jaula. Los maderos podridos crujieron bajo su agarre, las bisagras cedieron con un gemido de sufrimiento metal. Un osezno pardo, con heridas recientes de cadenas y latigazos, salió tambaleante de su prisión, olfateando agradecido la mano de Dal.
Ella pronunció palabras en un idioma que no era humano, palabras que hablaban de sanación y libertad. Un suave resplandor verdoso emanó de sus palmas mientras curaba las heridas de cada bestia, una por una. El bosque, finalmente, respiró aliviado.
La lluvia comenzó a amainar cuando Dal terminó de abrir la última jaula.
La lluvia comenzó a amainar cuando Dal terminó de abrir la última jaula.
VI. EL CONTRATO
Los agudos sentidos de Dal percibieron pisadas que se aproximaban por el sendero principal.
No eran los pasos apresurados de los cazadores en fuga, que dejaban un rastro de pánico y desorden. Estas pisadas eran diferentes: firmes, rítmicas, elegantes. Las pisadas de alguien acostumbrado al poder.
Se giró empuñando su lanza, flanqueada por sus dos lobos alfa que mostraron los colmillos por puro instinto protector.
Dos extraños entraron al claro devastado.
El primero era un joven de rasgos finos y no del todo humanos —se presentó como Cirrus, es un Nephilim— caminaba con una gracia casi sobrenatural a través del lodo, levantando delicadamente sus botas para evitar que los dobladillos de sus sedas claras tocaran la suciedad. Su aura era de un dorado pálido, casi fantasmal.
A su lado caminaba una mujer cuyo rostro hablaba de compasión absoluta, de devoción religiosa. Llevaba las austeras túnicas marfil de una sacerdotisa mercader, y alrededor de su cuello colgaba una balanza de plata que capturaba la luz poniente: ella se presentó como Kalima.
Dal, con su sabiduría milenaria forjada en cien vidas diferentes, no necesitaba leer sus pensamientos para saber la verdad. No necesitaba ver auras ni capas místicas. Simplemente observó sus ojos.
Todos los mortales mentían. Era la moneda común de su mundo, la lengua que hablaban incluso cuando creían estar siendo honestos. A Dal no le importaba. Los secretos de los humanos eran insignificantes, como hormigas buscando migas bajo la mesa de los dioses.
Kalima contempló el cadáver del Campeón en el foso de lodo, sus ojos registrando cada detalle sin parpadear. Observó las jaulas abiertas, el patrón de sangre en la tierra, los cuerpos inconscientes de los cazadores que habían osado enfrentarse a la furia natural.
Finalmente, sus ojos se encontraron con los de Dal.
Lejos de asustarse, una sonrisa de fría admiración dibujó sus labios. Era la sonrisa de alguien que acaba de encontrar exactamente lo que buscaba.
—Qué desafortunado... —dijo Kalima, con su característico tono suave y diplomático que no dejaba traslucir ni una emoción falsa—. Había venido a este claro a contratar a estos hombres y a sus bestias como escoltas para una delicada expedición. Una operación geológica, digamos, en los rincones más profundos de la ciudad. Pero veo que la gerencia ha cambiado de forma definitiva.
La sacerdotisa dio un paso al frente, ignorando deliberadamente el aviso sordo de los lobos. No había temor en su paso, ni precaución. Era el paso de alguien que sabía exactamente dónde estaba cada pieza del tablero.
—Tú eres la verdadera dueña de este bosque —continuó Kalima—, no esa escoria que yace en el lodo. Y yo necesito a alguien con tu fuerza, que entienda de brutalidad, supervivencia y terrenos que desafían toda lógica mortal. Te ofrezco un trato simple y honesto.
Hizo una pausa, permitiendo que sus palabras penetraran el silencio del claro.
—Acompáñame a los rincones oscuros de Ethelgard y otros páramos naturales. Ayudame a enfrentar a mis enemigos. Y yo me aseguraré, mediante mis influencias en los círculos que importan, de que este bosque tenga un fondo interminable de protección económica. Nadie volverá a talar un solo árbol. Nadie volverá a clavar un hacha en tus dominios. Te doy mi palabra, y mi palabra tiene peso en esta ciudad.
Dal la miró en silencio absoluto.
Su sabiduría milenaria le permitía leer entre líneas que los mortales ni siquiera podían ver. Sabía que "círculos que importan" hablaba de conspiraciones. Sabía que el dinero que ofrecía provenía de fuentes que preferían no ser nombradas.
Pero también sabía algo más: que el bosque, su bosque, necesitaba protección contra los depredadores humanos. Y si el egoísmo y los secretos humanos podían comprar esa protección con el oro sucio de Ethelgard, entonces la cacería valía la pena.
Dal no era buena ni mala. Era simplemente la voluntad de la naturaleza, implacable y pragmática. Sin pronunciar una sola palabra, Dal asintió lentamente. Su lanza descendió, su postura se relajó apenas un gesto imperceptible.
Los lobos se sentaron en silencio, sus ojos rastreando a los recién llegados, pero sin hostilidad. Dal les agradece su ayuda, los cura, los alimenta y los deja en libertad. Solo uno de ellos no se va, se queda con ella. Siente un lazo profundo con este ser milenario.
La fuerza inamovible de la naturaleza, la furia misma hecha carne acababa de unirse a un muy inusual grupo de aventureros.
Y en las sombras del bosque, donde los ojos mortales no podían ver, algo sonrió.


